domingo, 28 de agosto de 2016

Cumpleaños


La luz del cuarto de mis padres estaba encendida, mamá doblaba ropa pequeña, me asomé y pregunté qué pasaba. Ya va a nacer, estoy dejando que tu papá duerma un poco y en cuanto amanezca nos vamos al hospital. Ustedes se van al partido, después van por mí, saldré por la noche. La obedecí como siempre he tratado de hacerlo, me sorprendió como conocía perfectamente su cuerpo y lo que pasaría.

Por la mañana fuimos a los campos de béisbol, mi primer hermano, fiel compañero de toda mi infancia, tenía otro emocionante juego; sin embargo en lo único que pensábamos todos era en ir corriendo al hospital y saber qué había sido, en cuanto pudimos papá y yo fuimos a quitarnos la enorme duda. Fue niño. ¿Qué? Niño. ¿Segura? Revise bien. Sí, señor, es un niño. Incrédulos nos fuimos y esperamos a que llegara el momento de regresar por el niño.

No sé qué hicimos en el transcurso del día, salvo que mamá dijo que usara mi blusa y botas grunge con la falda corta porque cuando vestía así lucía mayor, quizá me dejaran entrar a conocer al bebé. Truco que no funcionó, creo que era imposible ocultar la felicidad de la hermana mayor de trece años. 

Lo que recuerdo era mi ansiedad por ver esa carita, ella fue tan buena que al pedirle ser yo quien lo llevara en brazos a casa no dudo ni un segundo. Me tengo en la mente cargando una nueva vida envuelto en una cobijita blanca, caminando despacio, marcando mis pasos, como sabiendo que algún día y de alguna manera él, mi nuevo pedacito en el corazón, seguiría alguno de ellos. 

Fue un domingo, un 28 de agosto, uno de los mejores días que he vivido. Yo no sé qué habría sido de mí sin ese maravilloso regalo que Dios me dio.

Feliz cumpleaños, morrillo. 



sábado, 1 de febrero de 2014

Suerte

Jamás pensé que llegaría el día en el que dejara la cama antes del amanecer sólo por el simple gusto de hacerlo. No porque tuviera que trabajar o viajar sino porque quise y ya. Hoy sábado, día de descanso, dejé la cama temprano para salir a la calle justo en medio de mi hora favorita del día, esa en la que la luz artificial y la natural parecen tener un duelo a muerte y ya sabemos quién gana. Fui al malecón, a correr, a ver al sol salir de su guarida nocturna, a respirar, a escuchar a Bowie mientras todo eso. Fui a prepararme. ¿Para qué? Para volver, para reivindicarme, para hacer algo que no hago bien pero me gusta, para disfrutarme nuevamente.

Empecé esta libreta hace casi 4 años (¡4 años!) y creo que llegué tarde a la era del blog, me hubiera gustado haberlo hecho antes porque hoy habría sido maravilloso leer a la yo veinteañera en sus intentos de tragarse al mundo. La cosa es que lo he tenido bastante abandonado, mal hecho, porque debí haber "documentado" al menos mi último año y la burbuja que me rodea. Pero perdón, estaba ocupada construyendo y amando mi nueva vida. Lo sé, debí haberlo documentado. Es sólo que no salían las palabrillas, la manera de decirlas y de acomodarlas bonito para que, si alguien llegaba por aquí, pudiera al menos probarlas. Saborearlas ya sería mucho pedir.

Entonces heme aquí, mirando a mi ventana de hojas verdes tratando de decir que el motivo principal por el que dejé la cama temprano es porque quiero escribir. Lo que sea, poquito, mucho, regular, malo. De lo que sea y como sea. Quiero darme tiempo para estar conmigo y dejarme ir, regresar y hacerlo otra vez. Dos, tres, cien veces, las necesarias para darle cuerda a este, mi mundito. Quiero venir y hablar o no de mí. De nosotros. De los demás. Quiero gritar un poco, bailar mucho y sonreír más. Quiero que sea mi "propósito" de año nuevo en el día 1 del mes 2. Quiero soñar un poquito más.

Me deseo suerte.



domingo, 26 de enero de 2014

Despertares

Desperté a las 7 y algo, me sentí fresca y sin sueño pero no me levanté, había dormido escasas 3 horas y era domingo, así que me obligué a dormir. Dos horas más tarde fue imposible seguir durmiendo, mi espalda de viejita me dijo que ya me levantara y me acordé que había que lavar para aprovechar el solazo que ya entraba por la ventana. Empezaba a lavar, a tomar mi ya acostumbrada agua tibia con limón en ayunas, cuando un Hola se asomó a la cocina, otro Hola saludó a una cara recién levantada. Le propuse a esa cara tender la ropa y después desayunar. Un sándwich de manzana con queso y té negro terminó de despertar al domingo destinado a quitar el árbol de Navidad y a hacer algunas compras. Nos preparamos y salimos de casa, el sol amaneció con ganas y se encargó de asustar a algunas nubes para acompañarnos todo el camino, no nos quejamos, no nos gusta hacerlo. Recorrimos uno a uno los pasillos del súper, comparamos precios, vimos que nos convenía comprar y qué no, tardamos horas en el pasillo de las especias y se nos antojaron todas las galletas. Nos dio hambre y decidimos que era hora de regresar a casa. En algún momento, entre una y otra cosa, reconocí mi vida, mi nueva vida. Me reconocí tan instalada en ella, tan suya, tan mía. Tan agradable, tan placentera. Como ese momento justo antes del amanecer. Como si aquí hubiera estado desde siempre, como no lo soñé. Como ahora eres, realidad. 




martes, 22 de octubre de 2013

Ix'Tabay

Ya casi es día de muertos, lo sé porque los meses pasan volando y porque las panaderías ya empiezan a preparar el delicioso pan de muerto que espero con ansias cada año. Estas fechas me remontan a mi infancia en casa de la abuela y a las leyendas que nos contaba cada hanal pixan mientras limpiábamos la casa, sacábamos los manteles y preparábamos los guisos preferidos de nuestros muertitos para consentirlos. Claro, nunca podía faltar la leyenda de la Ix’Tabay.

Comenzaba la viejita hablando quedo, sabía lo que nos asustaba escucharla, por eso era un tanto sinvergüenza y escondía una risita entre las palabras que a nosotras, mi hermana menor y yo, nos ponía la piel de gallina.

“Ustedes ya conocen la leyenda, saben que eran dos hermanas, así, como ustedes, igual de traviesas, pero ellas guardaban corazones distintos y eso las llevó a destinos distintos. Ix’Tabay, despreciada por la gente por sus pasiones desmedidas, pero de corazón bueno y noble, tuvo una muerte con el aroma de los más delicados perfumes; en su tumba nació la xtabentún, esa flor hermosa cuyo néctar embriagaba dulcemente. En cambio, Utz-Colel, quien decíase ser pura y justa ante la gente, escondía un duro y frío corazón que le dio una muerte de olor fétido; en su tumba nació la flor de tzacam, que era un cactus lleno de espinas. Utz-Colel, al ver esto, quiso ser Ix’Tabay, invocó a los malos espíritus y logró regresar al mundo de los vivos cada vez que quisiera, escondida entre las ceibas enamoraba a los pobres hombres con su larga cabellera negra, volviéndolos locos de amor y matándolos al final. Pero ustedes ya saben eso, todo el pueblo lo sabe, lo que no saben es cómo un pobre hombre tuvo que renunciar al amor infinito para poder sobrevivir.”

Mi hermana y yo nos tomábamos de la mano y al unísono susurrábamos: Sigue, abue, sigue.

“Tomás era muy trabajador, se le notaba en el cuerpo, tenía unos brazos fuertes que le ayudaban a sostenerse mientras cortaba la resina del chico-zapote; pasaba los días en la selva, en las copas de los árboles, entre las ceibas. Se conocía los caminos de memoria pero siempre procuraba irse antes del anochecer. Nunca se quedaba solo, sabía bien que era un hombre bueno y noble, de esos que la Ix’Tabay saboreaba más; por eso su padre, antes de morir, le dio una bolsita con espinas de tzacam, ‘dicen que esto puede salvarte de la hermosa’, le dijo su padre, ‘llévala siempre contigo’.

¿Conociste a Tomás?, preguntaba yo a la abuela. Todos lo conocíamos, todos lo queríamos y todos sufrimos con él después de lo que le pasó. Era un muchacho tranquilo, bonachón, que a todo el mundo ayudaba, más de una quiso casarse con él, pero él esperaba que su corazón le dijera quién era la indicada. Bueno, ya no me interrumpan, niñas, déjenme terminar que ya casi está la cena, decía abuela agitando las manos y agachándose hacia nosotras para hablar más quedito.

 “Esa noche no se dio cuenta del paso del tiempo, se le fueron las horas extasiado con el aroma de una hermosa flor que nunca había visto, se sentía ebrio, volaba con los pies en la tierra, no dejaba de sonreír. La extraña flor brillaba más a medida que anochecía, por eso él no se daba cuenta de la profunda oscuridad que ya lo rodeaba. Era demasiado tarde.”

Abuela, a propósito, hacía una pausa y bebía su café negro, nosotras seguíamos sus movimientos expectantes, sin parpadear. Ella nos miraba divertida y nos decía: “míralas, ya están hasta agarradas de la mano, ¿le sigo?”. Nosotras, apretando las manos, movíamos la cabeza de arriba para abajo y ella, agarrando aire, le seguía.

“De pronto un ruido entre los árboles lo hizo voltear y percatarse de la hora, quiso correr pero decidió despedirse de su flor. Cuando regresó la vista, la flor ya no estaba, en su lugar estaba la mujer más hermosa que había visto jamás. Con una piel y unos largos cabellos negros brillantes. Por un segundo pasó por su mente quién era, pero la voz de ella lo hizo olvidar todo. Ix’Tabay se acercó a él, lo tocó y en él quedó el perfume más exquisito de todas las flores juntas. No había nada más, eran su flor y él. El amor de su vida, el amor que hasta ahora estaba esperando, por el que trabajaba con ahínco cada día, por el que despertaba y soñaba: era ella, al fin. Estaba perdido, enamorado, ensoñado, atontado. No sabía qué hacer más que mirarla y olerla, desearla. Un ruido sobre la hojarasca lo hizo reaccionar, parpadeó y algo, un milagro, lo hizo recobrar la razón: no podía amarla, no podía tenerla, ¡era la Ix’Tabay!, lo que su padre siempre le había advertido. Sintió en su corazón rebosante de amor la más profunda pena, le dolía, lo aniquilaba. ¿Por qué, por qué la mujer de sus sueños, el amor de su vida, tenía que ser ella? La cabellera negra espesa parecía brillar más, el olor era más agradable y embriagador, ella sabía que en cualquier momento él intentaría correr y no se lo permitiría.”

Mi hermana y yo, atentas, veíamos a abuela asomarse a la ventana mientras nos decía: “miren, no hay luna y ya no tarda en llover, ya está tronando”. Nosotras, sabiendo lo que venía, tragábamos saliva.

“Tomás la miró por última vez, ella adivinó sus intenciones y su cabellera creció, lucía hermosísima, radiante. Vio, sin poder creerlo, como las ramas de la ceiba crecían, las raíces brotaban del suelo y la tierra temblaba. La noche se tornó más oscura, violenta. Se escuchaban lamentos, truenos, caían rayos y maldiciones: ella había dejado ver su duro corazón. Tomás temblaba de miedo y amor. Entre el estruendo hubo un instante de silencio, de paz, ella caminó hacia él y con la voz más dulce le dijo que lo amaba. Casi lo convence, pero Tomás la miró por última vez con el corazón destrozado. Envuelto en la locura del amor se dejó abrazar y, estremecido por ella, sintió como lo enredaba entre la negrura de su pelo. Como pudo sacó de su bolsa una espina y se entregó al abrazo total de su amada. Ni el grito desgarrador de ella al sentir la espina en su cuello pudo separarla de él, la atrajo más fuerte hasta que Ix’Tabay desapareció. Tomás cayó de rodillas al suelo, sin dejar de temblar, sin dejar de llorar, sin entender nada.”

Por primera vez en la historia el rostro de abuela se llenaba de pesar.

“En fin, pobre Tomás, yo me lo topé varias veces, siempre estaba como ido, no hablaba con nadie y no hacía más que trabajar y regresar a su casa antes del anochecer. Sí, sobrevivió algunos años más, pero esa noche su corazón murió de amor, nunca más pudo mirar a una mujer, en sus ojos sólo se reflejaba una larga cabellera negra espesa y ondulante.”

Mi hermana y yo, poco a poco, nos soltábamos las manos mientras las abríamos y cerrábamos para dejar circular la sangre después de tenerlas tan apretadas. Abuela se levantaba de su silla y mientras nosotras estábamos sin habla, la veíamos ir a la cocina y atónitas la escuchábamos decirnos: Entonces, ¿quién quiere mucbipollo?

Ay, la abuela y sus leyendas. Si me preguntaran porqué es esta una de mis festividades favoritas respondería que exactamente no lo sé, quizá sea por la cantidad de signos, colores y sabores que la tradición encierra, quizás es por nostalgia, o quizá simplemente sea porque ya quiero mucbipollo.





jueves, 9 de mayo de 2013

Flor de Azalia

Siempre supe que sería a quién más extrañaría. También supe que ella no tenía idea de que aún no me marchaba y ya la extrañaba. Ya echaba de menos llegar a casa, saludarla y besarla. Encontrarla en la cocina, leyendo en la mesa o recostada en el sofá viendo una o dos o tres películas. 

Cabe aclarar que, obviamente, el escribir esto a escasos minutos del 10 de mayo me resulta un cliché enorme y molestoso. La culpa la tiene Facebook y Tuíter y toda la gente que habla de lo mismo en un día como hoy. O como mañana. La cosa es que nunca había pasado tanto tiempo sin verla, sin verlos, y pues sí, me ganó la nostalgia, la tristeza permitida. 

Después de la justificación, que a fin de cuentas creo que sólo es para mí, pues vamos a ser un cliché y vamos a decir, en pleno 10 de mayo, que amo a mi amá. Sí, amá, con todas sus letras norteñas. Mi madre veracruzana que me hizo amar a ese lugar que todos sabemos es bello. Esa mujer que me da su bendición cada que hablo con ella por Skype, la misma que reconozco en mis gestos y mi manera de hablar con la gente. La señora bonita que platica horas y horas y se emociona cuando me cuenta que tiene una nueva amiga. Mi madre niña, mi niña madre. Esa que disfruta tanto los cumpleaños que adorna la casa con globos, pega cartulinas con felicitaciones y todo el día pone las 40 versiones de Las Mañanitas. La mujer que hoy recordé mientras pelaba una naranja, la que recuerdo todos los días y todo el día. 

¿Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde? O bueno, ¿hasta que está lejos? Yo sí sé lo que tengo y afortunadamente lo supe antes de alzar el vuelo. Quizá por eso no me fue difícil el moverme de orilla, o quizá fue el hecho de que ella también siguió a su corazón y, claro, a mi papá. O quizá fue que siempre me enseñó a escuchar los latidos con los latidos, a detenerme a ver el cielo, a mirar a los ojos, a sonreír. Miren, justo ahora la imagen que tengo de Doña Azalia (ajá, tiene nombre de flor mi señora bonita) es una sonrisa enorme. Ven, me enseñó a sonreír, me enseña a sonreír.

Y creo que al final esta "chipilez" (disculpen, no estoy segura si existe la palabra) no es que esté lejos, es que soy una cursi, una romántica incorregible y cada 10 de mayo, cada cumpleaños o cada sonrisa de mi madre, me dan unas ganas enormes de llorar. Y se me queda todo agolpado en el pecho, entonces mejor la abrazo fuerte y bajo la cabeza para que no me vea los ojos brillosos. Entonces mejor aprovecho cada momento para darle un beso, para decirle que me encanta la comida que preparó, para decirle que ande con cuidado en la calle o para felicitarla por el nuevo baile que aprendió y el nuevo curso que terminó. Después la beso, le sonrío grande y le regalo todos mis ojos.

Ahora, con su permiso, tengo que mandar esto por mail, a mi hermano, para que se lo enseñe a la del santo, a la festejada, a la bien extrañada y bien amada.









sábado, 6 de abril de 2013

Ciudad

Y un día, como en ciudad nueva, me proclamararé dueña de tus calles. Pisaré tu suelo por primera vez con ese aire de admiración digna de turista; sentiré el clima cálido o frío en mis mejillas, quizá lo reconozca, quizá lo recuerde de alguna otra vez, quizá me adapte en el momento. Al principio, cuando ande tus calles, me sentirás lejana, pero no sabrás que lo que hago es memorizar. Me mostraré segura porque, de alguna manera, ya había estado ahí. Con las huellas de mis dedos retrataré cada una de tus atracciones, todo eso que nunca había visto y que querré llevar siempre conmigo como recuerdo de viaje. Un homenaje a las primeras veces. Poco a poco, día a día, con los sentidos tan abiertos me sorprenderé con lo que vea, con lo que escuche, con lo que toque. Con lo que aprenda. Con lo que atrape en mi memoria para no perderme nunca, para sí encontrarte siempre. Te asombrarás cuando sepa a dónde ir sin preguntarte, cuando te diga es por acá, yo lo sé, yo te sé.




lunes, 25 de marzo de 2013

domingo, 24 de marzo de 2013

Una tristeza

Me estoy permitiendo una tristeza.

Me permito, ahora, sentir un hueco, pequeñito, en alguna parte de mí. Me permito una canción que me ayuda a escribir, una voz entrecortada. Me permito decir que extraño a mi madre, a mis hermanos y a mi padre. Extraño mi casa, extraño a mis amigas. Extraño mis días agitados, mis días de rutina, mis días sin tiempo. Extraño comer en el carro mientras escucho el radio, extraño el noticiero de las 6 de la mañana. Extraño madrugar, extraño el frío. Extraño regañar a mi hermano y platicar con él en el carro, extraño cuidar a mi mamá. Nos extraño a todos desayunando, comiendo, cenando. Extraño prepararle café a mi padre, extraño el pan sin sal y el queso panela del tianguis. Extraño a mis gatos. 

Extraño a la que dejé mientras abrazo a la que vino conmigo, a la que hoy me acompaña, a la que hoy, feliz, se permite una tristeza.





jueves, 21 de marzo de 2013

La cena

Se llevó las manos al rostro, a la nariz, olió despacio y la alejó. No iba a medio camino cuando la regresó, curiosa. Cebolla, pensó. Tomó el lápiz, sabía que entreteniendo las manos podía dejar de pensar en esos sabores, pero no quería. Lo único que había en su mente eran sabores, olores y los ruiditos esos que hace el aceite cuando acitrona ajo. O pimientos. Era como una orquesta, subía y bajaba las manos pensando cómo unir los ingredientes, cómo hacerlos melodía. Cuando las notas eran bajas esperaba una cocción o un hervor, las percusiones llegaban cuando picaba vegetales o pollo o carne, las notas altas se escuchaban cuando la sartén recibía esas maravillosas especias que daban el toque de protagonismo al platillo. Lo mejor eran los violines, justo en el momento en el que se acercaba y su pequeña nariz percibía cada uno de los olores, le emborrachaban y podía escuchar todos esos instrumentos haciendo una fabulosa melodía. Respiró. Cantó. Quiso ir a la cocina y hacer música. Se detuvo a la mitad del pasillo, cantó más fuerte. Recordó su promesa y la voz de su madre: "tanta pasión en la cocina te va a matar", se agarró de la pared y dio sus acostumbrados pequeños pasos. Y qué importa, pensó, qué es una promesa, qué es el amor sin pasión, qué es esperarlo sin tener la cena lista.



sábado, 9 de marzo de 2013

Descubrimientos

De pronto, cierto día, una se descubre sonriéndole a la ropa. Doblándola cuidadosamente, pasando la mano sobre la tela como suavizándola para que trate bien a esa espalda que la cubre a una del frío y que una cubre de besos. Ese día, cualquier día, una se sorprende reconociendo aromas y colores. Diciendo me gusta esta camisa, es que la tela, es fresca, se te ve bien. Una se ve pasando la mano sobre la espalda, como suavizando, tratando bien; arreglando cuellos y preocupándose por la cena. Una reconoce con exaltada maravilla que disfruta el cocinar, entonces se dice, le dice, que lo más probable es que sea el amor, sí, esa explicación trillada de película mexicana es la única que se encuentra para semejante hallazgo. Entonces las puertas del otro mundo, el nuevo mundo, se abren. O se abren y se cierran sólo para que una voltee y mire, para darse cuenta de lo hecho, para sonreír porque se hizo. Se da un paso, se asienta, se brinca de alegría. Se llega al pellizco porque no se puede creer. Y se agradece. Y se busca un lugar en dónde sentarse para pensar y levantarse inmediatamente después de sentarse, para llevarse las manos a la boca y girar de un lado a otro, para caminar despacio por la casa como si el tiempo la apurara a terminar el recorrido de cada nueva habitación, de cada reconocida habitación. 

Un día, cierto día, una se da cuenta que lo hizo. Poquito. Otra vez.



martes, 1 de enero de 2013

El primer día

Abrí los ojos alrededor de las 10 de la mañana, los había cerrado cerca de las 5 así que, acurrucándome a él, volví a dormir. Despertamos juntos pasado el mediodía. Dejamos la cama, comimos algo de fruta y nos besamos. Otra vez. Vimos caricaturas mientras no nos quitábamos las manos de encima. Nos miramos mucho, como sin creernos.

Sonó el teléfono, era la abuela, la felicitamos y nos felicitó, doble. Recogí la mesa y ordené la cocina mientras él se alistaba para ir al trabajo. Volvimos al sofá y no queríamos soltarnos. Llegó la hora de la comida y buscamos en el refri lo que un día antes juntos habíamos preparado. Nos felicitamos otra vez. Hablamos hasta que nos dimos cuenta que era tarde, se levantó a prisa, lo seguí a la puerta y con un beso lo despedí.

Limpié la mesa y me preparé un té. Tomé uno de los chocolates de la mesa y descubrí el maratón de Friends. Vi la tele un rato, hice ejercicio y seguí con mis labores de casa. Cambié los muebles de lugar, le dejé una nota escondida y pensé que unas sillas blancas le vendrían bien a la mesa. Tomé un baño y llamé a mis padres. Me llevé la computadora a la cama, encendí el maratón de Friends y me dio por escribir. 

Me dio por contar lo que hice, lo que hago, el primer día del primer mes del año. Así lo inicio. Y lo inicio feliz en una nueva ciudad. Sí, extrañando a mis padres, a mis hermanos y a mi Tijuana, pero volando. Lo inicio con el amor de mi vida. Inicio este año llena de sueños cumplidos y por cumplir. Empiezo el año dejándome guiar; empiezo el año enamorada, con el corazón dispuesto y la ventaba abierta.

Aún me quedan un par de horas del primer día, sigo en la cama, echándole un vistazo a la tele y escribiendo. Esperando que sea casi la hora de su llegada y preparar la cena. Sabiendo que terminaré el primer día del primer mes del año como lo inicié: Amándolo. Un poquito más.






sábado, 17 de noviembre de 2012

Por alguien

Quizás lo que una necesita es que un día la computadora se vuelva loca y de pronto pida insertar un disquette en la unidad A para formatearlo. Y de pronto, ver con asombro y miedo (o al revés) que hoy es 02 de agosto de 2007. El horror. El qué demonios pasaría si de pronto despierto y ya no estoy en mi hoy, en su hoy. El temblor. El no me quiten lo que es mío porque me muero. 

Entonces una se queda ahí, parada-sentada en el medio de algo que podría ser nada, titiritando de posibilidades; y se voltea al calendario más cercano, y descansa pero antes respira tan profundo que bien podría regresar al 2007, pero se detiene a tiempo en el medio de otro tiempo, se detiene y sigue en el mismo lugar que es también su lugar.

De pronto, siendo el eje central de eso que no se sabe bien qué es pero no deja de girar, un algo le dice que lo único que pasa es que, al fin, no hay frío. Y de prisa se toca los pies y las manos y confirma que están y estarán frías para siempre. Sigue el tanteo por la piel y las manos tan frías llegan a esa parte entre la cintura y el cuello, en donde la temperatura también aumenta, y complacida confirma que el frío sí se fue para siempre: a las manos y a los pies, en donde no le hacen daño a nadie.

Ahí, en donde hacen todo por alguien.


lunes, 9 de julio de 2012

Cruce

Cuando crucé la calle me sentí culpable. Me dio vergüenza pensar que le saqué la vuelta a una persona con una enfermedad mental y no era la primera vez que lo hacía. Había visto ya, alguna vez, cómo gritaba y amenazaba con el bastón a quien pasara frente a su puerta. Pero me sentía mal. Vi gente en la acera de enfrente y pensé que quizás eran las personas que vivían con él y habían salido huyendo de la casa tras algún ataque suyo. Me justifiqué. Las personas hablaban por teléfono, yo las vi como desesperadas, bueno, las medio vi porque mi paso era ya apresurado, nervioso. Cuando pisé la banqueta reviré un poco y vi que alguien salió de la casa, era él. Me dio miedo. Mucho. Su tamaño era —al menos— dos veces el mío. Eso y el bastón. Y la fuerza, y la furia. Cruzó la calle y justo a la mitad corrió hacia mi dirección. O eso creí. Me petrifiqué mas no volteé. Seguí mirando mi sombra en la banqueta, vigilando que su sombra no nos tocará. Se fue. Respiré. Por unos minutos más vigilé mi sombra, hasta que me di cuenta que tenía una historia. Como aún me faltaban varios pasos para llegar a casa me repetí la historia otra vez. La repasé. Trataba de inyectarla en mi mente para que no se me olvidara al llegar a mi libreta. No supe en qué hora mis dos enormes árboles favoritos cubrieron mi sombra, tampoco supe en qué hora su fuerza cubrió mi cuello. 

Carajo, era una buena historia.






sábado, 26 de mayo de 2012

Conversaciones con mi padre

«... estábamos por el rumbo de Chetumal, luego Tabasco y esa zona, ya andaba de novio con tu mamá y no me iba a quedar de ayudante para siempre. Yo veía cómo llegaba el operador bien cambiadito y yo ya andaba desde las 4 ó 5 de la mañana engrasando tambos o cargando diesel. El operador llegaba con su sombrero, su jícara de agua fresca y se subía a su tractor; cuando llegaban los lonches él tenía su plato con carne, frijoles y tortillas. Yo trabajaba con él, pero un día me quiso mentar la madre y no me dejé: casi le parto en su madre. Luego me mandaron con el ingeniero, quiso arreglar las cosas, pero cuando le expliqué quiso hacer lo mismo y tampoco me dejé. Le dije que yo respetaba mucho a mi madre y que eso no lo iba a permitir. Me castigaron y me regresaron a México. Ándale que la que se quedó bien triste fue tu mamá porque no nos íbamos a ver en un mes. Pues ya, me regresé. Estando allá que me habla otro ingeniero, el mero chinguetas, le expliqué lo qué pasó y me dijo, te regresas a Coatzacoalcos y agarras la camioneta que reparte los lonches. Luego luego le dije que sí: los lonches los hacían en la casa de tu mamá... »




sábado, 28 de abril de 2012

Sucesos


Sucede que la mañana de ayer, camino al trabajo, algo me molestó. Entonces, pues decidí no hablar. Llegué a la oficina y todo cuanto decían a mi alrededor parecían gritos; sucedió que también decidí no escuchar.

Sucede que en alguna parte perdí las ganas de trabajar y estaba confinada a la silla de mi escritorio totalmente dispuesta a que la empresa cayera. Obviamente, era algo imposible, la disponibilidad me duró apenas unos minutos. La cosa era que no quería estar ahí, con todo el gusto hubiera salido corriendo.

Sucede, entonces, que a las cinco en punto salí corriendo. Caminé despacio, miré los pocos árboles que pueden haber alrededor de maquiladoras, vi los detalles de ellas, quise trabajar en varias. Miré mucho el cielo y traté de no perder de vista el suelo. Pero ya quería subir al camión, llegar a casa.

Sucedió, claro, que subí al camión y ya quería bajarme. Y me bajé. Calculé la distancia y vi que estaba a un kilómetro o menos de casa. Quería caminar, quería llegar a casa. Sucede pues, que caminé. Caminé y miré con calma todos los locales de la calle casi avenida por la que debo ir. Las estéticas, la frutería, las taquerías, el panteón, los oxxos, la botánica, los parques, la cenaduría. También a la gente y a los árboles, a los perros y a los gatos.

Sucede que después de lo visto ya quería llegar a casa. Apresuré el paso y pronto llegué a casa. Para entonces moría de hambre y la cena sucedió. Pero entre el hambre y la cena, había que prepararla, y lo hice. Y sucedió que saqué los ingredientes del refri y los acomodé en la mesa, tomé la lechuga, el morrón, el tomate. Saqué el bowl de la ensalada, también manzana, y queso. Y escuchaba música y tarareaba. Pero sucedió que la lechuga o el morrón o la manzana me molestaron y ya quería terminar. Y ya quería cenar. 

Sucedió, tal y como se piensa, la cena. Y la disfruté, y la música y el té. Pero sucedió, como cualquiera lo podría adivinar, que se acabó. Y la molestia, el disgusto que sentí camino al trabajo, en la oficina, en el camión, mientras caminaba y al preparar la cena, regresó.

Lavé los trastos, la molestia no se fue, siguió, es más, se instaló. Me detuve en el pasillo de la cocina, a nada estaba de preguntarme qué demonios pasaba, cuando, al fin, escuché una voz, su voz. Entonces sucedió que me contesté.  




miércoles, 22 de febrero de 2012

De espacios y otros demonios


A veces lo único que quiero es habitar ese espacio entre tu cama y tu cuerpo.


lunes, 6 de febrero de 2012

Origami

Cuentan que en la ventana de un hotel muy lujoso y antiguo vivía un tulipán. Nadie sabe cómo llegó ahí exactamente. No hay manera de explicar cómo, de la nada, pudo nacer un tulipán en el alféizar de la ventana.

Cierta vez una mucama dijo haber visto una pequeña mancha verde. Pasó el plumero encima de ella, no pasó nada. Al parecer polvo verde no es, pensó la mucama. Tomó un paño y suavemente frotó por encima de la mancha. Nada. Talló un poco más pero la manchita no desapareció. Salió apresurada a buscar algún líquido que pudiera borrarla, al dejar la habitación se topó en el pasillo con una novia que celebraría su boda en cinco minutos y el cierre de su vestido se había atorado. La mucama fue a ayudar a la novia en apuros y, claro, se olvidó del tulipán.

Otra vez, un limpiavidrios contó que en una de las ventanas había algo como una flor. Hasta tenía tallo y todo. Dijo que se acordaba porque esa era su ventana favorita. Nunca está sucia, nunca. Decía que era lo más extraño que le había pasado en su oficio y que, de no ser porque cada día era testigo de ello, no lo creería. Es algo imposible, la ventana nunca se ensucia y además siempre brilla. Cada día se asombraba y cada día lo olvidaba.

Quien vio la flor naciente fue un huésped. Su asombro fue enorme cuando, al recorrer la cortina que caía sobre el alféizar, percibió un destello de luz. Se acomodó los lentes y se acercó. ¿Pero qué es esto?, alcanzó a decir antes de enmudecer por completo y perder más de una hora observando tan bello acontecimiento. Debe ser un milagro, pensó. Se percató del paso del tiempo y, con apuro, tomó su maletín, salió de la habitación para cerrar un importante negocio, y lo olvidó.

Dicen que una noche de invierno una pareja llegó a ocupar la habitación. La chica, en cuanto descubrió el alféizar, tomó su libro y se sentó. Él la siguió y se sentó a su lado. Nunca se explicó cómo alcanzó a ver el tulipán estando tan perdido en esos ojos. Mirando con fascinación su gran descubrimiento y sosteniéndolo en la mano, le dijo:

—¿Crees en los sueños de papel?

Ella, con el tulipán muy cerca de su boca y asintiendo, sopló.












sábado, 4 de febrero de 2012

Mi casa

Ayer regañé a mi ciudad, hacía frío y se lo recriminé. Le hablé de tu ciudad, de la temperatura cálida, de tu calor. Le dije que allá abrazan; que, cuando hace frío, unas manos dulces frotan mi espalda desnuda al tiempo que unos brazos fuertes me protegen.

Le conté también del viento y su canción, de cómo despeina mientras se camina por sus calles, o mientras unos ojos me enseñan sus caminos. Presumí la complicidad del viento, cómo acaricia mis manos y las va llevando a tu pelo; cómo tu pelo lo reconoce en mí y me recibe. Y me deja quedarme, y me pide quedarme.

Mi ciudad me miraba con recelo, se preguntaba qué cosa me habría hecho ésa otra ciudad como para atreverme a reclamar el frío. La tranquilicé diciendo que quizá era yo quien estaba perdiendo resistencia. Que quizá la edad, el pelo tan corto, el mes, ésas cosas. No me creyó. Guardó silencio y me miró fijamente.

Sé que leyó mis labios, así como tu ciudad los lee cada noche. Pero no supo recorrerlos, ni redescubrirlos. Se acercó a mí, mas no logró encontrarse con la forma de mis labios, tampoco logró que cerrara los ojos. No pudo hacerme soñar, no pudo hacerme volar.

Tomé aire y la miré de frente. Todo está bien, le dije, es sólo que, hoy, al caminarte, me sobraron los pasos; es sólo que hoy ya no me alcanzas. Pude ver cómo sus callejones se contraían y se hacían los fuertes. No hablé más, pero sé que escuchó cómo mis sueños me pedían caminar más. Sé que escuchó a mis sueños pidiéndome regresar a casa.









martes, 31 de enero de 2012

Zurcos

Un día me descubrí viendo la vida desde zurcos, todo curvo, con ondas. Desconozco, obviamente, el momento exacto en el que la vida se me dobló. De pronto, en mi batalla diaria con el espejo, me vi la cara rayada. Los ojos, la comisura de los labios, la frente, el cuello. No quise ver más. Me horroricé. A mí nadie me dijo que un día, así, de la nada, amanecería con la vida marcada en la cara. ¿Y quién quiere ir mostrándole la vida a todo el mundo?

Miré hacia abajo y levanté la cara len ta men te. Fue todo un ritual. Cerré, no, apreté los ojos y me grité que la vida no puede llegar y, de la noche a la mañana, rayártela. Literal y figurada mente. Mente figurada porque me estaba haciendo la fantasía de que eran puras ideas mías...

Yo también guardé silencio. Me acerqué al espejo, casi lo cruzo, casi camino por esos zurcos. Eran interminables, entre más me acercaba más hondos eran. Intenté cruzar el espejo, no pude, pero cuando estuve tan cerca de los pequeños y grandes dobleces alcancé a ver letras en ellos. En todos ellos. Eran letritas redondas, claras, que a pesar de ser diminutas podían leerse perfectamente. Claro, con lupa. O con el alma metida en el espejo.

Me maravillé. Cada zurco era un episodio de mi vida perfectamente escrito. Estaba ahí mi caída de las escaleras, el primer día de clases, el primer beso, la primera vez con el ginecólogo. Todo. Y perfectamente escrito. Creo que eso fue lo que me maravilló más. Dejé todo. No salí, no pude dejar de leer. Me metí en el espejo y leí y releí cada uno de los zurcos.

Terminé bastante entrada la noche, me ardían los ojos y tenía la piel seca de tanto estirar para leer. Cuando terminé, noté que de ambos lados de los ojos había un espacio liso. Sonreí. Me asomé a la calle, la luna estaba como para hablar de ella, tomé mi gabardina y salí: Había que empezar a doblar esos espacios.





sábado, 28 de enero de 2012

Hoy es la ocasión

Shhhhh.

No hagas ruido, mira que vas a descubrir que te estoy escribiendo. Vas a descubrir a mis manos haciendo este movimiento gracioso para que no las veas; vas a escuchar a mis ojos que se asoman traviesos como escondiendo un gran secreto. Vas a sentir a mi corazón que se ha hecho pequeñito de la emoción; vas a ver como mis latidos golpean mi pecho y, por un agujerito que logran hacer, corren y saltan a tus pies. Suben apresurados y, reconociendo a donde pertenecen, llegan a casa.

¿Que por qué no quiero que me descubras? Es que adoro que no sepas, sí sepas, cuando te estoy pensando. O cuando te preparo una sorpresa. O cuando cuento los minutos y las palabras para ver, una vez más, tu clara y amplia sonrisa.

Tu sonrisa.

Viste, dejé un renglón para ella sola, es que no cabe. ¿La has visto? Sí, sí la has visto, tiene el mismo color de mis ojos, brilla. Y brinca. Como mis dedos en el teclado que se deshacen por escribir de una buena vez todo el bien que me haces. Es que hoy, como antes, es la ocasión.

Hoy es la ocasión de ser fiesta en tus ojos, una fiesta sorpresa con gorritos y pastel. Una fiesta con letritas amontonadas, apretujadas, libres; unas letritas fiesta que quieren abrazarte y decirte cuán contentas están por este nuevo comienzo. Por este nuevo año, este nuevo dragón, este nuevo tú.

Y como todo es nuevo, como desde antes, es la ocasión de hablar de tu corazón. Cálido, hermoso, noble. Infinito. Hoy es la ocasión de hablar del corazón más grande del mundo, de ese corazón feliz que sabe hacer de volar. Hoy es la ocasión de hablar sin cesar de tus ojos, de lo que provocan tus ojos. Sí, hoy también debemos hablar de esperanza.

De esperanza y color. De orillas naranjas y canciones infinitas. De ventanas abiertas que sólo miran hacia las flores y hacia el cielo naranja. Hoy también vengo y digo de las gomitas de naranja y de las más sorpresas que la vida disfruta dar, del vaso medio vacío que un día llenaste. Hoy regreso el tiempo y te sigo admirando. Como para siempre. Hoy es la ocasión de agradecer por estar de nuevo aquí.

Hoy es la ocasión de hablar de tu luz. De subirla a la noche, dibujar estrellas con ella y formar constelaciones que sólo tú puedas ver, que sólo tú puedas soñar. Hoy es la ocasión de cerrar los ojos, apretarlos y a la cuenta de tres abrirlos grande grande, abrazarte y dejar que mi piel te deseé sueños cumplidos. Que yo, enterita, deseé que nunca nunca dejes de soñar.

Hoy debo decir que soy feliz, soy naranja, porque me haces la vida bien bonita. Que estoy contenta, que estoy feliz, por viajar en este tren al sur. Hoy tomo tu cara entre mis manos mientras me pierdo en tus ojos y en silencio te digo:

Feliz cumpleaños, amor.