sábado, 2 de julio de 2011

Destino II

A. se fue a dormir con un dejo de tristeza en el rostro. Todo iba bien en su vida: adoraba despertar cada mañana, tenía una hermosa familia, un trabajo que disfrutaba, los mejores amigos, vaya, se sentía satisfecha.

Pero esa noche había algo, quizás un poco de nostalgia, quizás un poco de frío.

Pasó la mano sobre las sábanas limpias y suspiró. Acomodó la delgada almohada y se metió en la cama mirando fijamente hacia la pared. Sin sentir nada, sin decir nada, finalmente cerró los ojos. Jamás imaginó lo que soñaría cuando despertara.

—Te digo que fue bien raro, R. —insitió A.— En la vida hacía a L., y mira. Fue tan chistoso mi sueño. De pronto estaba yo en un lugar muy iluminado, lleno de árboles, corría un airecito muy fresco y en el fondo alcanzaba a ver la silueta de alguien. Por alguna razón llamó mi atención y despacio me acerqué. Entonces ahí estaba él, moldeando algo como cerámica. Y a su alrededor había pinceles y lienzos. Recargado en una banca estaba un cuadro hermoso con el atardecer más bello que hayan visto mis ojos. Un verdadero sueño.

—Sí, un verdadero sueño, que quién sabe si aún exista, A. Y ya, no le vayas a dar tantas vueltas como acostumbras, por favor.

A. no le daba muchas vueltas, simplemente era algo tan curioso. Mira que soñar a aquél primer amor en una noche tan fría. Dio un sorbo a su té y sonrió.

Por la tarde, con otra taza de té en mano, se dispuso a revisar su correo electrónico. No se le salió el corazón porque llevaba una blusa con botones que reforzaban cualquier escape, de no ser así, quién sabe donde hubiera ido a dar el corazoncito. Acababa de sentir en ese, su pobre corazón, el vuelco más enorme en mucho tiempo: tenía la solicitud de amistad de un hombre llamado L.

Temblando lo aceptó e inmediatamente un Hola apareció en su pantalla. Empezaron a charlar, tantos años, tanta vida, tanta ausencia. Hablaron de los amigos, de la familia, de las sonrisas.

Entonces A., con esa inocencia que siempre la caracterizaba y llena de curiosidad, lanzó el obligado ¿Y a qué te dedicas? L., del otro del lado de la pantalla y con una sonrisa que no había desaparecido desde que ella lo aceptó, respondió: Soy artista plástico.


True and beautiful story



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